miércoles, 27 de julio de 2016

El amor es un GIT

Caminaba por la calle, iba tranquilo aunque muy adentro mío sabía que, talves, ella me diría adiós definitivamente. No quería que eso sucediera porque la amaba, pero nuestra relación no daba para más: peleábamos demasiado seguido, a veces deseaba irme y no volver, decirle a la cara que era una histérica, que sus ataques de mal humor no me hacían bien, y que sus silencios repentinos cortaban toda posibilidad de un diálogo mano a mano. No hacía mucho habíamos tenido una discusión en un tono un poco elevado, ella se puso a llorar y yo me sentí culpable, así no se podía continuar. Fui a mi casa y me di una ducha bien caliente, eso hizo que me descontracturase un poco, admito también que lloré. No quería que se fuera de mi vida, no quería gritarle, no podía verla llorar, me sentí el más hijo de puta de todos. Sé que la amo, sé que es especial en mi vida, y por eso mismo quizá lo mejor sea decirnos adiós. Recordé, mientras me duchaba, una vieja canción de los años 90 que solían pasar en la radio, la escuchaba muy a menudo: ella lloraba y él, conmovido, se preguntaba cuán lejos estaba para poder consolarla.

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